viernes, 3 de enero de 2014

Diario de las vidas absurdas que he vivido (II)


Augusto Rubio Acosta

Es de madrugada, hace frío y está lloviendo desde hace varias horas. El precario techo de calamina no soporta el mal tiempo y el agua empieza a gotear del techo, a filtrarse en la sala, el comedor, los dormitorios, en todos los ambientes de la casa. Tienes seis años y tu madre te ha llevado -junto a tu hermano pequeño- a pasar la noche en la casa de un familiar vecino que construyó su domicilio de fierro y cemento. Afuera el viento arrecia y los hombres mayores de la zona instalan una muralla de sacos de arena y desmonte en la parte alta de la calle, por donde se supone se desbordará el río. El cielo adquiere una palidez que recuerda a lo inexorable. Es tarde, mañana quizá todo estará inundado de lodo y piedras, estaremos perdidos. 

27 DE MAYO

Los mejores días que tuvimos los experimentamos en bares y cafés, en la cama también, por supuesto. Hoy, que he caminado desde el Parque Principal a Santa Victoria, ida y vuelta, que me he detenido en la lavandería a recoger mi saco, vi a Laura cruzar la calle de manera intempestiva y no pude evitar estremecerme. ¿Qué nos faltó, putamadre?, ¿acaso el amor y la amistad, el sexo frenético y los libros no fueron suficientes? Ni siquiera los viajes y las galerías de arte en que ha consistido gran parte de nuestra vida, pudieron hacer sostenible la polifonía que vibraba oculta en nosotros.

El cuerpo de Laura -como bien cita Apollinaire- no tiene puertas, como el mar. Y estuve loco por ella. Hoy, que la vi cruzar por Torres Paz en uno de esos breves vestidos de algodón orgánico que suele usar en verano, me puse a pensar que -a pesar de todo lo vivido- nunca carecí de razón: el querer llevar la razón que uno tiene hasta las últimas consecuencias no es malo, hay formas de locura que tienen demasiadas similitudes con la genialidad, y eso lo tengo –modestia aparte- muy presente.

Dolor y placer es lo que mejor recuerdo de las sensaciones y la vida imperfecta que con Laura tuvimos. Si alguien escribiese nuestra historia tendría que empezar por la ausencia, por cómo las cosas languidecen, se cubren de polvo y se marchitan. Es lunes, afuera el sol declina sobre la serpiente del casi desierto y remodelado malecón. Vine hasta aquí para escribir en este diario que sabe de mis cosas, que desde hace tiempo me habita.

Tienes cinco años y -con la banda de capitán del salón lila en el pecho- te dejas fotografiar junto a los niños de tu clase, poco antes de que se inicie la final del campeonato interno en el Jardín Ruso, de la avenida Pardo. Ahí estás de camiseta blanca y short negro, en el arco; a tu izquierda, una niña de ojos verdes vestida de húsares de Junín o de waripolera (nunca pudiste descifrarlo) es una especie de madrina del equipo con varita mágica incluida. Al costado de todos, tu maestra. Es cuestión de segundos para que se inicie el partido de fútbol sobre el improvisado terral convertido en campo de juego; es cuestión de minutos para que en arriesgada atajada del balón, tu cabeza se quiebre en contacto brutal contra la acera y ríos de sangre fluyan camino al station wagon del director de la escuela que conducirá desesperado a la clínica San Carlos, lugar que apenas un lustro atrás te vio abrir los ojos al mundo.

La vida en Pimentel, la quietud, me ha permitido experimentar nuevos parámetros de subjetividad y antificción; de a pocos, todo ello se va modulando en mi nueva forma de escritura. Lo íntimo es perfectamente comunicable, el asunto es evitar se pervierta y se degrade. Normalmente los diarios son aburridos si uno pone todo ahí tal cual, por eso creo que deben ser editados. Hasta ahora lo que he escrito me ha instalado en un estilo, en una fórmula; los diarios –en cambio- me dan libertad, incorporan registros múltiples a mi escritura, de ellos me interesa el fragmento y la brevedad como experiencia de la forma. No negaré, sin embargo, que me seduce mucho pensar en el género póstumo, en cómo la relación diario-vida pueda ligarse en la práctica con la muerte. Escribir e interpretar lo que ocurre con uno mismo en los días camino a lo inexorable no debería ser solo asunto de amigos cercanos, biógrafos y críticos literarios, sino también –y sobre todo- obra y palabra del autor mismo.
En algún lugar leí alguna vez que quienes perseveran escribiendo en su diario no se suicidan. Quizá el día en que ponga “esta es la última palabra de mi diario”, todo haya terminado para mí. Y es que existe una relación entre escritura y muerte en ese punto. Por eso será que quizá me fascinó siempre el último libro de Arguedas, la forma en que acabó con todo y dio nacimiento al mito, la idea de una escritura que pasa de un registro a otro, a una mejor forma de existencia.


28 DE MAYO

Es de noche, he venido ante el mar…

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